domingo, 8 de diciembre de 2013

Fatalidad


Retomé a Cioran en el cierre del semestre y lo he estado leyendo muchos estos días.  Las cimas de la desesperación, un compendio de ensayos breves -muy breves- que parecen acercarse a la conclusión perfectamente fundamentada de que la única cura para una vida tormentosa es la muerte. 
La muerte por suicidio o la muerte por tormento. La muerte por vivir, esa es la única muerte que vale la pena al final del día. 
Y es que para leer a Cioran hay que estar en su mood  tal vez no haga falta estar al borde de un precipicio o con un revolver tocando las cuerdas vocales. Pero si encontrarse en medio de una sensación de desencanto y agonía peculiar. 
Yo me sentí así por enésima vez cuando volví a comenzar el libro de Emil. Las razones son mucho me os burdas y menos existenciales de lo que cualquiera pensaría. Mi razón es la fatalidad minúscula, la que no envuelve a millones de personas ni implica sufrimiento atroz. Es la fatalidad breve que se encierra en un momento burdo de mi día, la fatalidad que a nadie importa y jamás cambia al mundo. 
Mi fatalidad fue un beso, esperaba que ese beso me cambiara la vida por que todos los besos en el mundo deben tener esa facultad. Acercarse, alejarse... Cualquier resultado que tenga pero que implique que las cosas nunca volverán a ser lo mismo. 
Esperaba que moviera mi mundo con una magnitud grande, con fuerza y significativamente, pero en medio de ese beso pude percibir la fatalidad del fin. Como si en el lenguaje táctil dijera "Éste es nuestro último beso."
Al sentir esa impotencia quise hacer lo que fuera que no terminara, me moví estrepitosamente en mi asiento, grité y sonreí haciéndolo cambiar de opinión, me quedé aun cuando dijo que me fuera y al final nada pudo hacer que el beso durara más. 
Quería que ese beso me cambiara la vida siendo únicamente un beso de muchos más, un beso que cambia la vida para acercarnos a alguien. 
Tener un último beso en la memoria y que los recuerdos cambien la vida.
Vida, besos, fatalidad. 

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