lunes, 1 de junio de 2015

Pero viene como un huracán, como cien tormentas. El Juan niño trata de cerrar los ojos pero es demasiado... pero se detiene, sabe que llorar no solucionaría nada, no podría apartar el horror y nisiquiera lograría explicarlo con palabras, se pierde perdido frente a la imagen de ese enorme monstruo de metal que corre junto a la ventilla del auto. Sabe que podría tocarlo pero que sería terrible hacerlo así, con el cristal arriba. Mamá lo mira con ternura porque no entiende, Juan Niño cierra un ojo y descubre entonces que en realidad ella es como un dibujo tenue, que incluso su abrazo sería el mismo débil trazo y siente mucho miedo de nunca poder verla como solía hacerlo. Que su imagen sea sólo eso y que no sea posible ver la persona en ella.

Estás tan lejos ya. La estás besando ahora, Juan. Y sabes que tampoco  entendería, sabes que hay una distancia insalvable entre ella y tu que nunca podrás acortar. Está acostada sobre la cama como un montón de ropa pesada y no estás seguro de en dónde colocarla. 
Le haces el amor casi por obligación porque no estás tan excitado como deberías, su cuerpo es un artefacto, temes caer. 
Su boca está cobijando tu carne, la rodea.
Poco a poco te olvidas de ella, te olvidas de sus formas regulares y vas al espacio.
Y de pronto eres enorme, sales de tu diminuto cuerpo y de la diminuta tierra. Ahora sabes que el terror era cuestión de dimensiones, sales más lejos y confirmas lo que habías sospechado toda tu vida, desde que mirabas la tele con los ojos cerrados. Descubres las formas y los absurdos, la insensatez, todo cabe en una célula, todo cabe en un átomo, todo está ahí dentro y es tan grande que no puedes ni dimensionar su velocidad, tocas cada rincón y el sabor es tan extraño, puedes verlo todo y estás aterrado porque sabes que eso es lo que verás al morir. Dejaste de sentir tu piel hace tanto tiempo que olvidas cómo era: no hay forma de regresar, Juan. Bienvenido.


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