domingo, 29 de julio de 2018

Una noche Rodrigo y yo fumamos hachís antes de hacer el amor.

No era la primera vez que lo hacía, alguna vez Lennon trajo un poco de hash y sentí un curioso pero sutil efecto inmediato que se desvaneció en minutos, luego cogimos aceptablemente.
De todas las variedades de sustancias canábicas que he probado en los últimos meses, esa fue la que me hizo estar más apacible y reflexiva, además su efecto duró el tiempo justo.

Ese día ocurrieron varias cosas que quebraron mi espíritu un poco: la primera fue enterarme de que Sandra, una amiga cercana a mí, me veía como el ser hostil, desagradable y culero que probablemente  soy, pero que esperaría que mis amigos no reconozcan.
La segunda cosa, fue algo que dijo Rodrigo mientras bebíamos un café; su sobrina adolescente buscó en internet formas de suicidio sin dolor.
Si me preguntan, el suicidio es un gran tema de conversación, los métodos para suicidarse resultan especialmente interesantes, pero cuando se trata de un niño ( o casi niño) que ni siquiera debería pensar en el fin de su vida, se complica mucho.
¿Cómo convencer a alguien de que su vida es valiosa cuando cuesta tanto apreciar la propia?

De pronto noté que estaba sentada frente a un fiel admirador del suicidio, y  que estaría dispuesto a hacer acopio de toda la fuerza que su alma para hacerla pensar.
LE podía escribir una carta, dijo. Yo le dije que la convenza de que la cosas mejoran en un punto, creo firmemente que a ratos, ratos largos y hermosos, así es.
La vida por sí misma duele, es evidente, pero a veces también es posible sentir placer y ternura.

Luego vimos una película de terror llamada Heritage que es incómoda, parece durar toda una vida e impacta en muchas formas que ni siquiera involucran lo sobre natural.
Pedimos un Uber y abracé a Rodrigo durante la espera.

Llegamos a su casa, fumamos un poco después de ponernos cómodos e hicimos el amor mientras escuchábamos alguna cosa.
Mientras estaba ahí arriba de mí sentí una ternura enorme por él, y un doloroso miedo a perderlo, el miedo de quien no se resigna pero tampoco encuentra algún camino que pueda ser una elección. Entonces rompí en llanto, tanto que tuvimos que detenernos y fui al baño para seguir llorando porque todo es transitorio y la vida apesta sin importar qué tanto intente o que tanto parezca ir bien, o qué tanto amor exista, los finales son inevitables y por lógicos, normales y fluidos que sean, son finales.

Y lloré por ser débil, también me sentí pequeña ante el enorme suceso que significa estar con él. Lloré por resistirme al tiempo y no navegar.

Regresé a la cama cuando me sentí más tranquila, quise culpar a las hormonas aunque sé que el único responsable es mi absoluto pesimismo que a veces nubla hasta la luz del Sol. LE dije que me dolía el estómago (siempre me duele el estómago) y el me acarició con suavidad preguntando si estaba mejor.

Obviamente ese gesto dulce me sacó nuevamente las lágrimas y tuve que respirar un poco hasta que estuve mejor. Espero que algunos momentos perfectos no se vieran así de opacos por mi pena inherente.

Amar es una chinga

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